Tuesday, November 02, 2010

1. Fragmento

Acabo de decir que venimos de mundos diferentes. Entonces, ¿qué podríamos tener en común? Lo dije más arriba: las ganas de cambiar las cosas que sólo pueden tenerse a la edad que nosotros tenemos. De aquí deriva algo fundamental, me atrevería a decir que el verdadero motivo de este intento de diálogo: pasa que si anhelamos de tal forma que la sociedad deje de ser como es (es decir, desigual e injusta, con el hombre explotado por el hombre, etcétera) debemos hacer algo. ¿Hacer qué? Trabajar, pues. Creer en las masas, en el levantamiento, en la rebelión del rebaño oprimido y cansado. Es un esfuerzo titánico y lo sabemos; también sabemos que es más que probable que ni nuestros hijos ni nuestros nietos vean ese nuevo mundo que queremos forjar... pero no nos importa, no por eso permaneceremos impávidos. Nuestro deseo de cambiar las cosas es directamente proporcional al tiempo y la energía que dedicamos a la causa.

¿Cómo lo hacemos? Ambos hemos escogido la política estudiantil como modo de expresión de nuestras inquietudes. Ahí es donde canalizamos esos anhelos de agitarlo todo para algún día encabezar la rebelión popular. La realidad, sin embargo, nos dice otra cosa: cuesta atraer a los compañeros y sumarlos al trabajo de información y movilización. La mayoría parece estar más interesada en simplemente pasar los ramos, en estar con los amigos y no hacer otra cosa. Nos duele admitirlo, pero somos los mismos de siempre. Pero por deprimente que pueda ser, seguimos en nuestro empeño, porque nos hace sentir libres y vivos. Hablaremos de eso más adelante.

Pero vamos por parte: me prestaste De la huelga salvaje a la autogestión generalizada, de Raoul Vaneigem. Yo no tenía idea de su existencia, y no la tendría todavía si no fuera por tu acertado gesto. Considero pertinente citar una de las preguntas que él se hace en este libro para seguir instalando el problema que nos convoca. Dice Vaneigem: ¿Tienes a menudo la sensación de estar en un mundo al revés, en el que las personas hacen lo contrario de lo que desean, pasan el tiempo en destruirse y en reverenciar lo que las destruye, obedecen a unas abstracciones a las que sacrifican la vida real?”. El libro entero me encantó, pero se me viene a la mente esa frase, que considero ideal para problematizar la existencia del trabajo alienado.

(...)

Nosotros detestamos la desigualdad. Ya te conté que hace muchos años me di cuenta de que no puedo vivir con eso, y sé que te pasa algo similar. De hecho, estaba tan harta del tema que dejé de ver noticias, espectáculo donde se reproduce la injusticia como si nada. Los noticieros son voceros de esta asquerosidad de gobierno que tenemos, donde cada asalto a mano armada a nuestros bolsillos simplemente “se anuncia”. Me di cuenta de que me enojaba tanto que ese estado se extendía a todo lo que hacía; por eso apagué la televisión y me encerré en mis propias cosas. Pero me sirvió de poco. Salgo a la calle y veo niños o ancianos mendigando en las calles, limpiando parabrisas o intentando hacer malabarismo en los semáforos para ganar algunas monedas. Es imposible pedirme (o pedirle a cualquiera) que algo así no le duela. En ambos casos, se es demasiado joven o demasiado viejo para seguir amarrado a la producción –entendiendo ésta como la primera acepción que se nos viene a la mente: un empleo remunerado-. Sabemos que no deberían estar ahí, pero si están es porque están desprotegidos y porque las condiciones materiales de su existencia no les ofrecen otra manera de sobrevivir.

No es agradable estar rabioso siempre, pero basta con hojear los diarios para tener ganas de gritar tu descontento...

CONTINÚA


Monday, August 02, 2010

Segundo semestre

Aunque nadie quiera, empieza el segundo semestre universitario. Lo malo es evidente: al parecer las vacaciones se hicieron cortas y todos volvemos a los deberes tanto o más agotados de lo que salimos. Lo bueno es que el semestre es más corto, con trampita de por medio: menos clases, pero más jarcor. Será.

Las clases me tienen con el cuidado de siempre: mucho. Estudiar, aprender, que me vaya bien. Lo de siempre, que no es lo más importante.

Lo que de verdad me importa está en el ámbito de lo personal. El semestre pasado terminó lo suficientemente bien como para rozar lo satisfactorio, pero no es suficiente. Hay cosas que fallaron y se salieron de control, y eso es lo que debo reivindicar. Para este semestre la cosa cambia porque la misión es una sola: ir a por la dignidad perdida. Sólo yo sé cómo la perdí, dónde la dejé... ¿y cómo recuperarla? Está en veremos.

Otras metas para este semestre:

- Almorzar decentemente todos los días.
- Dormir lo suficiente.
- Demostrar seguridad.
- Decir lo que pienso.
- Hacer las cosas bien.
- Y pese a todo, tener vida.

Wednesday, July 21, 2010

Crónica de la funa a Sebastián Piñera

Manifestación ante una inminente Reforma

EDUCACIÓN SUPERIOR, LA ESTOCADA FINAL

La Universidad de Chile reabrió su Casa Central para ratificar la reelección del rector Víctor Pérez y ungir al presidente Piñera como Patrono de la Universidad. Sólo días antes de la ceremonia, la prensa publicó los planes del gobierno sobre una nueva Reforma Universitaria, noticia que encendió la alarma entre los estudiantes. No queremos ser testigos de la agonía de lo poco de público que tiene el sistema chileno, por lo que decidimos hacer algo. ¿Qué? Veremos. Lo claro es que estamos contra el tiempo: en unos 40 días, todo podría terminar.


No lo esperábamos ni lo deseábamos, pero el día se veía feo. No habían pronosticado lluvia y, sin embargo, las gruesas gotas ya eran parte de nuestro cuero cabelludo. Pongámonos gorros, la capucha del polerón o resignémonos al resfrío. Éramos unos quince. Partimos desde nuestro campus, el Juan Gómez Millas, apretujados en dos micros: primero la 507 hasta Vicuña Mackenna, y luego la 210, que nos llevó por la Alameda. El destino, la casa de Bello. El objetivo: “funar” al Presidente de la República.

Supimos un par de días antes, gracias a un mail enviado por Julio Sarmiento, presidente de la FECH. “¿Qué imagen le vamos a dar? ¿Que estamos todos tranquilos y satisfechos con su gobierno y su agenda de Educación Superior? ¿O nos animamos a demostrar otra cosa?”, decía el correo electrónico que supuestamente nunca debió enviarse, ya que Sarmiento se comprometió con rectoría a no encabezar acciones contra el presidente Sebastián Piñera, quien visitaría la universidad para ser nombrado Patrono de ésta. Julio accedió, pero acudiendo al resquicio de “delegar funciones”: él no haría nada, pero otros –nosotros- sí.

El día anterior pintamos lienzos y armamos un rudimentario plan de acción. La información era contradictoria; no sabíamos si había estudiantes autorizados para entrar a la ceremonia, de modo que optamos por preparar algo de todas formas. Centros de Estudiantes, delegados de curso y concejeros FECH nos distribuimos las tareas y pasamos la tarde y noche previas pintando y avisando a quienes consideramos los precisos: aquellos que sí o sí irían a la actividad, esos compañeros que “van al choque”. El mail de Julio podía considerarse una torpeza, y cualquier filtración de nuestras intenciones hubiese sido catastrófica.

Pero ahí estábamos. El frontis de la Casa Central, tan maltratado por el terremoto de febrero recién pasado, estaba lleno de guardias vestidos de civil listos para impedirnos el ingreso. Esperamos unos minutos, y mientras la lluvia se intensificaba, hicimos una fila para entrar. Había una lista de representantes de Centros de Estudiantes, donde por supuesto que no estaban todos. Quienes no figuraban se las arreglaron para entrar, escabulléndose entre académicos y otros asistentes.

En el hall, los guardias nos revisaron las mochilas y retuvieron los lienzos. El del ICEI, que tenía dibujada una piraña (en honor al conocido apodo presidencial), se salvó gracias a que algunos compañeros decidieron quedarse afuera.

Los que entramos debimos pasar por una escalera de caracol y una segunda revisión de mochilas, para finalmente ubicarnos en uno de los balcones del Salón de Honor. Desde ahí contemplamos cómo el lugar se llenaba de la crème de la crème de profesores y políticos. Había tres guardias que, apostados atrás y a nuestros costados, no nos quitaban los ojos de encima.

Teníamos un par de cosas muy claras: 1) cualquier acción que intentáramos podía traernos peligrosas consecuencias, y 2) tendríamos la oportunidad única de decirle a Piñera unas cuantas verdades. Y no sólo a él: entre los “ilustres asistentes” estaban los ministros Rodrigo Hinzpeter, Jaime Ravinet y –era que no- Joaquín Lavín, el titular en Educación. Todos muy formales, con sus trajes impecables y corbatas inmaculadas, y con esa actitud segura, casi prepotente, que sólo puede dar la certeza del poder absoluto y la venia de sus subyugados.

Piñera, Lavín, y el rector Víctor Pérez ocuparon los sillones de honor. El maestro de ceremonia llama al presidente a recibir la medalla de oro que lo nombra Patrono de la Universidad. Él la recibe, vuelve a su asiento y la examina meticulosamente. Pérez también recibe la suya. El coro entona Carmina Burana. Entre nosotros cundía una mezcla de nerviosismo, expectación y un intenso asco de esa ceremonia tan pulcra, donde el reverenciado, al que insistían en llamar “Su Excelencia” no era otro que el verdugo de la educación pública chilena.


POLÉMICAS DECISIONES, AIRADAS REACCIONES

Meses atrás, los partidarios de Piñera usaban “prejuicios” o “chaqueteo” como muletillas para calificar cualquier crítica o proyección del futuro gobierno empresarial que no dijera lo que ellos querían escuchar. No obstante, los más negros vaticinios quedaron en nada a finales de junio, cuando el diario La Tercera publicó el paquete de medidas que anunció Juan José Ugarte, el jefe de Educación Superior designado por “La Nueva Forma de Gobernar”. Entre ellas destacan el financiamiento mediante fondos concursables sujetos a convenios de desempeño, lo que condenaría a desaparecer a las universidades más precarizadas, quienes jamás podrían competir con la del Desarrollo o la Adolfo Ibáñez; y una nueva institucionalidad, que crearía dos entidades: una que agrupe a todas las instituciones que imparten lo que los tecnócratas llaman “educación terciaria”, y otra que aglutine a las 60 universidades que hay en el país, ya sean tradicionales o privadas.

La noticia nos cayó como un balde de agua fría. Las medidas en sí no son lo que sorprende, porque durante los gobiernos de la Concertación el fenómeno privatizador continuó la línea empezada en dictadura; lo chocante es la celeridad que adquirió dicho proceso con este nuevo gobierno. Si llevando sólo cien días en el poder hacen este tipo de anuncios, ¿qué pasará cuando lleven dos años? Si ahora mismo Chile es un paraíso para los inversionistas privados, ¿qué tipo de país tendremos en 2014?

Le llegó al turno a Pérez de tomar la palabra. El rector dio un extenso discurso poblado de estadísticas y comparaciones con universidades brasileñas, las que reciben entre un 70 y 80 por ciento de aporte estatal. El ambiente era tenso. Todos esperábamos algún tipo de pronunciamiento de parte de la principal autoridad universitaria, que por suerte llegó. “Es inconcebible que se pretenda reducir aún más los escasos presupuestos que el Estado entrega a sus propias universidades estatales”, disparó Pérez. Y continuó: “Rechazamos, en un modo respetuoso pero de la manera más categórica toda propuesta que, con el argumento de modernizar el sistema universitario nacional, en los hechos termine por profundizar la privatización y mercantilización del sistema universitario”. A Piñera se le cayó la cara y nosotros aplaudimos eufóricos.

Cuando el discurso de Pérez todavía no terminaba, llegaron algunos miembros de la directiva FECH: Camila Cea (secretaria ejecutiva), Laura Olave (secretaria general) y Francisco Figueroa (vicepresidente) habían permanecido abajo, junto a todas las autoridades, y lograron subir después de mucho esfuerzo. “Nos querían dejar en la parte de abajo del Salón, separados del resto de los estudiantes”, dice este último. “Abajo era pura tensión, los guardias estaban histéricos y se empezaban a poner pesados. Menos mal alcanzamos a subir antes de que se chorearan definitivamente”.

Nos acomodamos en los asientos para escuchar a Piñera, quien no perdió la oportunidad de asegurar que “el gobierno no pretende reducir el presupuesto de las Universidades Públicas”. Tampoco evitó hablar de los convenios de desempeño, diciendo que “el Nuevo Trato significa no solamente demandas desde la Universidad hacia el Estado, sino que también significa demandas desde el Estado hacia las Universidades en muchos campos”, los que se centran en la ciencia y la tecnología. Las artes y humanidades, bien gracias.

Éramos estudiantes de ciencias exactas, ciencias sociales y periodismo, los únicos que decidimos a hacernos presentes. El discurso estaba por terminar, y Pancho Figueroa, que se sentó con nosotros, reveló entre susurros que bajo su chaleco tenía un lienzo, que debíamos desplegar cuando Piñera por fin se callara. Empezaron los aplausos, llegó el momento. Más que rápido, Pancho sacó un dobladísimo papel kraft, el que extendimos al tiempo que empezó la interpelación. Una oleada de pifias se hizo escuchar cuando Francisco dijo que las decisiones sobre la educación no podían tomarse “por gente que veranea en Caburgua o Cachagua”. Los guardias no dejaban de empujarnos peligrosamente contra el balcón, trataban de sacar el lienzo y nos exigían que saliéramos de ahí. El maestro de ceremonias dio paso al himno de la Universidad. “¡Usted no es digno de cantar este himno!”, le gritó Pancho a Piñera.

Terminado el acto, uno de los “guardias” nos dijo que tendríamos que acompañarlo. El tipo, apellidado Montoya, dijo ser capitán y jefe de la escolta presidencial. Nos exigió seguirlo para hacer un control de identidad. Al final sólo Francisco y Pablo Soto, estudiante de Sociología, fueron llevados al patio Domeyko. Afuera, nos enfrentamos a los pacos, que entraron por orden presidencial. Llegó la prensa y algunos académicos a exigir que los pacos salieran. Empujones y gritos. Soltaron a Pancho.

Nos disponíamos a salir cuando supimos que lo peor recién empezaba: las Fuerzas Especiales estaban afuera esperando para llevarnos presos. Y eso hicieron: unos muchachos de la Facultad de Ciencias estaban a punto de llegar al Metro, cuando los aprehendieron. Lograron atrapar a ocho compañeros, incluyendo a Julio Sarmiento, quien no participó en la “funa” y salió de la Casa Central a preguntar qué estaba pasando. Había que ir a buscarlos, por lo que en medio de una lluvia torrencial emprendimos la travesía hasta la Tercera comisaría, ubicada en avenida Matta. Para nosotros, la jornada aún no terminaba.


Lo que la tele no te mostró de la funa:




No hay funa sin desalojo:



Sunday, July 04, 2010

IGUAL QUE AYER

El pasaje en cuestión es parte de lo poco de residencial que le queda al sector céntrico de Maipú, una comuna que ha vivido la explosiva proliferación de shoppings, megamercados y locales varios. Si en los ’90 había tímidos supermercados distribuidos por todo el centro, y el Toqui que estaba al costado de la Plaza Mayor se erigía como el reino del lujo, con sus tarros de mantequilla de maní y otras delicias importadas; la última década fue pura modernización. Al contrario que Macondo, Maipú no se llenó de compañías bananeras, pero igual que aquel pueblito, enfrentó la explosión demográfica y la vorágine de ser una pequeña ciudad.

En el límite está Víctor Hugo (así se llama nuestro pasaje). Quien quiera escapar de la locura capitalista que se vive a pocas cuadras puede refugiarse ahí. Son dieciséis casas, una frente a la otra. Todas treintañeras, se conservan bien. Nadie diría que las construyeron en 1980 y que gran parte de las familias que ese año llegaron a habitarlas no se fueron más de ahí.

Quienes viven en Víctor Hugo desde que entregaron las casas ya tienen dos terremotos en el cuerpo. El de 1985 trizó el pavimento y dio el susto de sus vidas a los vecinos más jóvenes. Veinticinco años después, los padres de ese entonces - que ya son abuelos- se enfrentaron a un nuevo sismo, cuya potencia hizo sucumbir hasta la más férrea cerradura; pero lo peor fue el ruido ensordecedor de las casas que se mueven como botes, la oscuridad y la sirena que rugía en la compañía de Bomberos que está a dos cuadras. Y el miedo, por supuesto.

Podría decirse que los vecinos son unidos. Se conocen y se prestan cosas. Esa práctica cotidiana se hizo más habitual que nunca en los días posteriores al terremoto, donde la solidaridad venía en forma de un litro de agua mineral, unos fideos o un dato útil. La conversación diaria, el “¿Cómo estás?” o el “¿Qué te falta? Yo te presto” fueron gestos inéditos de una convivencia que rara vez pasó del saludo o de una breve charla de mujeres. El diario iba de casa en casa y el vecino con auto ponía la radio fuerte para que todos escucharan e hicieran más cortas las noches sin luz.

Los días pasaron y la normalidad regresó paulatinamente. Los reclamos que llegaron en masa a Chilectra tuvieron efecto, y al sexto día se hizo la luz en el pasaje Víctor Hugo. Ya no hubo más radio ni diarios, se devolvieron los alimentos en préstamo y la rutina instaló rápidamente la calma. Todos al trabajo, a rehacer las vidas. A volver a la dinámica de los saludos matinales y de los chismes al barrer. Al fuego fatuo de la solidaridad se le acabó la vida útil; no pudo quebrar la tradición de treinta años de conocerse, de confiar y ser amigos, pero nunca tanto. La movida madrugada del 27 de febrero irrumpió poderosamente en aquel apacible devenir, pero cuando ese poder se fue, todo quedó como un perpetuo febrero 26.

Saturday, April 17, 2010

TRANSICIÓN (Autobiografía)

Nacimos a fines de los ochenta. Mi generación es la que se conoce como “la última generación cuerda”, un invento para los veinteañeros que se niegan a asumir que ya no arrastran la bolsa del pan, o que insisten con eso de que todo tiempo pasado fue mejor. A ellos les gusta recordar que comíamos jugo en polvo y jugábamos con los vecinos del pasaje; que crecimos sin saber qué carajo era Internet mientras el pop de las boys band gringas nos enseñaba desde chiquitos los cánones de belleza que jamás podríamos alcanzar.

Ahora que la adultez se nos vino encima, nos dio por hacer chistes sobre nuestras vidas. Lo que alguna vez empezó como un simple comentario que pintaba para intrascendente pasó a ser material de continuas bromas que cada cierto tiempo nos recuerdan que lentamente nos estamos convirtiendo en los adultos jóvenes que nos da pánico ser.

“Estoy pasao a visita del Papa”, dice el que nació en el ’87, en tanto que la del ’88 asegura estar “pasá a Plebiscito y triunfo del NO”. Reímos y ellos me dicen (o tal vez yo misma lo dije) que estoy pasá a transición. No pudo ser el Muro de Berlín ni el derecho a huelga en Hungría: mis amigos decidieron que ese período ambiguo donde entra Aylwin y sale Pinocho es el acontecimiento ad hoc para mí, que cambié útero por oxígeno en marzo del ‘89.

El comentario que sigue es “ah, pero yo nací en un país libre”, como queriendo decir que cuando se me ocurrió venir al mundo, la dictadura era sólo un resabio amargo, un capítulo terrible que estaba pronto a terminar, y que una vez finalizado, no volvería jamás. Ingenuos de nosotros, que por gracia jamás hemos sido perseguidos ni torturados, pero que cada día vemos cómo el modelo social del consumo enfermo y el individualismo avanzan sin que nada ni nadie pueda detenerlos. Es como el avance de la nada que describen en La Historia Interminable: la nada arrastraba a todas las criaturas de Fantasía, que una vez prisioneras se convertían en mentiras. Así como vamos, algo parecido nos va a pasar.

Nosotros fuimos testigos del fin de una década, lo que –hay que decirlo- no es cualquier cosa. Aunque no tengamos recuerdos que nos lo prueben, nos han hablado y hemos hablado tanto de eso que es como si lo hubiéramos visto con nuestros propios ojos, que para ese entonces ya estaban bien abiertos pero no contaban con una mente capaz de archivar semejante cantidad de sucesos. Lo inmediato era lo importante; palpar y conocer la vida era lo que se llevaba.

Podría decirse que nuestras vidas han sido relativamente tranquilas. Cualquier primo menor de 15 años calificaría de “fomes” nuestros recuerdos de infancia, donde escasamente caben tardes en Fantasilandia o ponceos de prepúberes. No hubo Barbies (“son muñecas tontas”, dijo Mamá), pero sí hubo muchos libros de cuentos y enciclopedias. Pocas fiestas, pocos muchachos. Harto Bellas Artes, la ida al Bolshoi a los cinco años, lecturas de mitología griega, Microcosmos en el Normandie.

La gran diversión de los doce años era salir con la familia al cine o a comer algo. Escuchar Cuerdas Locales, de la radio Zero, era un descubrimiento. De ese programa salían los temazos del rock latino que iban a parar en cassettes que compraba en el Musimundo de la esquina. Ir a esa tienda y mirar los discos compactos era el éxtasis, comprarse alguno equivalía a la magia. En la otrora disquería, Mamá me compró Corazones, de Los Prisioneros, y un disco en vivo de Virus, ambos en recompensa por sacarme buenas notas. Yo soñaba con tener Canción Animal, de Soda Stereo, pero nunca pudimos comprarlo: cerró Musimundo y abrió un McDonald’s.

Pero estaban los cassettes y la radio con forma de submarino amarillo, regalo del más reciente cumpleaños. Era el 2001. La vida giraba en torno al colegio y a aprender sobre Los Prisioneros. Disfrutaba escucharlos, conocía muchas canciones con sus respectivas letras; las cantaba y las adoraba como jamás había adorado la lírica de otra agrupación. Estando el grupo separado, sólo quedaba escucharlos y buscar en diarios viejos alguna foto o nota que sirviera para armar una historia que creía conocer gracias a la lectura de la biografía no autorizada que escribió Freddy Stock.

Era en esos momentos cuando estar “pasá a transición” molestaba más que nunca. Odiaba haber nacido en plena agonía de la banda, y que Mamá hubiera pasado su juventud al ritmo de Miguel Bosé, en lugar de amar a Los Presos para luego transmitir esa devoción a su única descendencia. Los reclamos y las quejas hubiesen seguido por más tiempo de lo sanamente recomendable, pero se hizo el milagro: el 6 de septiembre, La Tercera publicó una noticia soñada: por primera vez en doce años (¡doce, justo doce!) Los Prisioneros se reunieron para grabar una canción: Las sierras eléctricas, que el día de su estreno –era que no- fue a parar a un cassette directamente desde las transmisiones de Cuerdas Locales.

Y vino la euforia, el concierto en el Estadio Nacional, la discografía completa y el posterior exilio de los cassettes a un maletín rosado del que sólo volvieron a salir hace un par de años, trayendo melodías roñosas y lágrimas por sentir que el pasado era mejor. Con Los Prisioneros empezaron la rabia y la adolescencia, las ganas de rebelarse y las ideas. Ese renacer del 2001 posibilitó el encuentro entre esa música siempre revolucionaria y nosotros, los niños noventeros que nos criamos en medio de novedades tecnológicas que ahora dan risa, con la sobreprotección de los viejos y el asombro por cosas mínimas.

Las cosas fueron cambiando. Al cierre de Musimundo siguió el fin de Cuerdas Locales. Tal vez les pareció que seis temporadas eran más que suficientes. En ese horario no volvieron a sonar canciones de Caifanes ni de La Ley.

Se acabó séptimo básico. Se fueron algunas amigas del curso y otros conocidos partieron para volver esporádicamente. Todavía siguen apareciendo. Los “pasaos a transición” llegamos a los quince y vimos a Los Prisioneros volver a agonizar como lo hicieron en los ’90 para, finalmente, otra vez separarse y dejarnos un poco más solos. Menos inocentes, pero botados al fin y al cabo. Entre los que ahora bromeamos con el año de nacimiento queda más de alguno que se sintió huérfano, que se tragó las burlas familiares y a tan corta edad sintió asco del presente y tristeza por los recuerdos. Los de la infancia de jugo en polvo, libros de cuentos, 18 de Septiembre subiendo cerros y los primeros sabores de una independencia que todavía no se prueba completa.

Sunday, January 31, 2010

PEQUEÑA GIGANTE

Ya todos la hemos visto y sabemos de su tez morena y sus mechas tiesas. Yo me había resistido a ir, pero hoy me animé porque al Seba (a.k.a. el Hitmaker) se le ocurrió que quería verla "porque había que estar ahí". Y yo (insisto), más que nada por verlo y compartir con él, ya que pronto me iré de vacaciones, acepté. A regañadientes, pero qué importa.

Y ahí estuvimos. Nada destacable, salvo el calor, la marea humana y la hora de espera.

En medio del tumulto, cuando la tal Pequeña y su tío (el trending topic de Twitter Señor Escafandra) todavía no se dignaban a despertar, escuché que una veinteañera le decía a la niña (sobrina, hija, hemana chica, quizás qué era) que tenía en brazos:

"La Muñeca debería ser blanquita con los ojos celestes. Y rubia".

Miré al Seba y nos reímos. Nos hizo gracia.
Pero ahora que lo pienso, y sabiendo los paisanos que me gasto, creo que no debería sorprenderme.

Saturday, November 14, 2009

Fila del súper.

Estaba haciendo fila en la caja del supermercado. Por alguna razón que desconozco, esta vez apagué el mp3 y me dediqué a escuchar el ruido ambiente.

Tras de mí estaba una tipa de veintitantos años con un niño como de ocho. Saqué unos mini Rolls de uno de esos estantes que hay en las cajas y en ese momento vi que el niñito estaba inquieto, conducta propia de su edad. La galla le decía que estuviera tranquilo y que no se moviera mucho... en fin, lo típico.

Mientras el caballero que me precedía daba su RUT para eso de acumular puntos, escuché que la tipa le decía "pero no ordenís po, no es tu problema que esté todo desordenado".

Ahí entendí todo. El niño estaba acomodando los Snickers, Milky Ways y los Rolls, razón suficiente para ser reprendido por su mamá.

"Bien", pensé. "Desde chicos les enseñan el egoísmo y a no pensar en nada que no sean ellos mismos".

Pensé eso y sentí una profunda lástima y un profundo asco de los adultos y de la sociedad en general perpetúen ese tipo de enseñanzas. Es un hecho pequeño y fugaz, pero da para preguntarnos qué cosas se le enseñan a los niños, a qué preceptos y valores quedan legitimados en la sociedad. Porque cuando la mamá le dice a su hijo que no es su problema que algo esté mal y que no tiene por qué hacer algo para arreglarlo, en el fondo le está diciendo que tiene que ser individualista, que se preocupe de sí mismo y que ignore todo lo demás.

Así, las cosas nunca van a cambiar.
Pensé eso y lo lamenté mucho, demasiado.

Sunday, September 13, 2009

¿CUÁL PODER?

En el gobierno están desesperados. Y no sólo son ellos: son los señores poderosos y los adultos en general los que ven con preocupación que la presencia juvenil en las urnas es cada vez más escasa. El “envejecimiento del electorado” se remonta a 1988, cuando se reabrieron los registros electorales para las elecciones que llevaron a Patricio Aylwin a La Moneda. Desde esa fecha, el fenómeno se ha acrecentado de tal manera que en 2008 la base de datos del Servicio Electoral (SERVEL) revelaba la cifra de sólo 1.213.521 inscritos considerados “jóvenes” (es decir, entre 18 y 34 años).

Con un panorama así, se puede entender la histeria de los políticos. Cómo no se van a desesperar, si el plazo para inscribirse vence el próximo 13 de septiembre* y el potencial electorado no tiene ganas de cumplir con su “deber ciudadano”, porque éste no les da esperanzas. En política la esperanza es clave, porque mantiene a la gente interesada en hacerse cargo de su propio destino, la mantiene creyendo que se puede hacer algo. Sin esperanza no hay votantes que perpetúen a los políticos en sus cargos, y eso los preocupa tanto. Elección tras elección ensayan nuevos métodos y la cosa no funciona: definitivamente, no saben qué hacer para “encantar” a la población sub 35.

Dicen que la necesidad es la madre de todos los inventos, y esta vez no fue la excepción. La nueva genial idea de los mayores es "Yo tengo poder, yo voto", una campaña entre cuyos rostros está la actriz Fernanda Urrejola, quien aparece con una imagen de mujer seria y decidida que la aleja totalmente de sus destapados papeles en las teleseries nacionales. La iniciativa viene del gobierno, que mediante la gestión del Instituto Nacional de la Juventud pretende convencer a la juventud de lo importante que es votar. Podría decirse que les ha resultado, porque según declaró Juan Ignacio García -director del SERVEL- en lo que va del año se han registrado 100 mil nuevos inscritos.

Más allá de la campaña en sí, lo más importante es preguntarnos sobre el porqué de votar. ¿Hacerle una raya a la papeleta y después seguir con nuestras individualistas vidas nos hará mejores? ¿Gane quien gane, las cosas realmente van a cambiar? “Yo tengo poder, yo voto” sólo funciona si somos tan ingenuos como para creer que con votar estamos mejorando el país. ¿Es suficiente? No, por supuesto que no. Si decidimos inscribirnos en los registros electorales –mala noticia- ya no podemos echar pie atrás. Lo que nos queda es asumir el deber con hidalguía: ir, hacer la rayita y ser unos buenos niños. Pero si pensamos que con eso basta, estamos muy equivocados.

Si los nuevos inscritos en los registros deben su decisión a esta campaña y se creen muy buena gente por haber dado “el gran paso”, demuestran una visión tan mediocre que estremece. Que quede claro: sin la determinación de ser mejores personas y –sobre todo- sin una acción constante que acompañe las buenas intenciones, el voto queda en nada. Gane quien gane las cosas no serán distintas, sobre todo si nosotros no estamos pendientes de lo que nuestros futuros presidentes hagan. Nos incumbe, ¡debemos entrometernos!

Queda poco tiempo, lo sabemos. Jóvenes y jovencitas: si quieren inscribirse, háganlo, allá ustedes. Voten como quieran, pero no olviden que eso de “la historia es nuestra y la hacen los pueblos” es más que una frasecita de camiseta. La idea –con o sin elecciones de por medio- es ser capaces de hacer, de participar. Por otro lado, si están orgullosos de ser votantes pero no quieren mover un dedo por alguien que no sea ustedes mismos... bien también. Ojalá no nos estorben cuando llegue la hora de torcerle la mano al destino.


*... es hoy!

Friday, May 29, 2009

Caídos a la necesidad

He vuelto, mis paisanos. Por motivos que aún no me explico, el staff Agujón me convocó nuevamente para hablaros, esta vez, del capitalismo. Sin duda, un tema contingente, si pensamos en la crisis económica que nos tiene a todos con el cinturón casi tan apretado como en el período 1997-98.

En esa época, yo tenía 9 años. Me acuerdo que el país crecía en un simpático 7%, y por lo menos en mi clasemediera casa, se respiraba la bonanza, y se expresaba en pulentos regalos, mucha ropa, muchos libros nuevos, y las salidas al cine y a almorzar afuera de todos los fines de semana. En fin, se podía acceder a un montón de bienes materiales. Pero, con la crisis asiática, a mi mamá la echaron de la pega y se terminaron las salidas como las conocía hasta ese momento. Los libros pasaron a ser un lujo, así como el cine, los museos, las ricas onces y las compras varias.

Que se redujera el poder adquisitivo familiar no atentó contra mi infante felicidad. Que ya no se pudiera ir al cine cada semana no arruinó mi vida, pero sí tengo claro que me afectó ver a mi mamá sin trabajo, preocupada por el porvenir. En ese entonces no entendía nada, pero el tiempo me hizo constatar que la inestabilidad, los efectos de crisis remotas y el largo etcétera de consecuencias radica en el régimen capitalista al que estamos sometidos, al neoliberalismo impuesto desde la dictadura (los culpables de absolutamente todo), a que el patrimonio chileno está en las garras de unos pocos grupos ultrapoderosos, y que tenemos un Estado debilitado y maniatado, a lo que se suma un gobierno de gilipollas en los que escasea la voluntad para parar los carros y proteger al pueblo del devenir mundial. Con o sin esta nueva crisis, estaríamos igual: abandonados a nuestra suerte, subyugados al mercado y a la crueldad que rodea a los despidos masivos, a la explotación, a los sueldos miserables y a la terrible confirmación de que somos sólo máquinas, sujetos de producción obligados a trabajar para vivir. Nos falta tener tatuado un código de barras, nada más.

Para terminar, os dedico una canción; la hizo un amigo mío, tal vez la conocen. Dice así:

“es el como y el porqué, es el presente y el futuro.
Es el poder y la pasión, el atractivo más seguro.
El profesor no tiene la cabeza en enseñar,
como el doctor no sale de su casa para sanar.

Somos mil perros tras un hueso, esclavos de los pesos.
No es chiste ser mayor, ¡paren mi reloj por favor!”


Hasta la próxima.



* columna publicada en http://www.elaguja.cl

Tuesday, May 05, 2009

¿Quién quiere ser diputado?

Diciembre no sólo es mes de elecciones presidenciales. Junto con hacer la raya vertical que elegirá al próximo presidente de Chile, los inscritos en los registros también tendremos que votar para renovar nuestro Parlamento. Y si bien la cobertura mediática todavía no es la que tienen Piñera o Frei, poco a poco van apareciendo nombres de eventuales candidatos. Algunos archirepetidos, otros que no calientan a nadie... y otros, simplemente inexplicables.

Resulta que ahora, a Claudio Narea se le ocurrió que quiere ser Diputado de la República. La información fue publicada hace un par de semanas en una sección de noticias breves en Las Últimas Noticias, y además de ponernos al tanto de la última gracia del guitarrista, nos cuenta que, de concretarse la candidatura, Narea iría como independiente por “alguna comuna popular”, como Pudahuel o San Miguel. Es más que probable que se decida por esta última, por razones bastante obvias: su pasado como guitarrista de Los Prisioneros lo fijó para siempre en la retina colectiva, y no faltará el votante ingenuo que le dé su preferencia, pensando que con esa acción, le asegura un escaño a Narea y su espíritu libertario, el de las canciones de los ’80 que, pese a asegurar que quiere dejar atrás esa época tortuosa, insiste en seguir tocando junto a Miguel Tapia. Sin embargo, es sabido que esas canciones revolucionarias fueron hechas por Jorge González, y que Claudio no fue más que el intérprete. El que hacía los solos de guitarra tal como se los enseñaba González, calcaditos. Entonces, ¿quién es el contestatario?

Por otro lado, todo aquel que leyó Mi vida como Prisionero y no se durmió en el intento, pudo constatar el desmedido interés de Narea por el dinero. Para quien no sabe, se lo contamos: “Quería encontrar un trabajo estable, ya que había descubierto que la música no me entregaba el dinero que compensara mi labor”, dice él mismo, a propósito de su precaria situación económica, factor que se convierte en una constante a través de todo el libro (aunque el socio se las arregla para no explicar cómo diablos pudo gastarse los 300 millones que ganó gracias al regreso de Los Prisioneros).

Tomando en cuenta este detalle no menor, ¿qué se puede pensar de las aspiraciones políticas de Claudio Narea? Que una dieta parlamentaria de 5 millones mensuales resulta tentadora, sobre todo para este hombre que primero escribe un libro como método de “sanación”, y luego –incomprensiblemente- se va de gira cantando las canciones que fueron el soundtrack de la peor época de su vida. Todo esto es sinónimo de plata en los bolsillos, y eso a Claudio Narea, claramente, le agrada. Estamos todos de acuerdo en que, con los tiempos que corren, nadie le haría asco a un sueldo de cinco palos, pero por favor, un mínimo de consecuencia. Nadie puede dárselas de humilde y sencillo, teniendo a la vez tal sed monetaria. Algo huele mal ahí, y esta repentina inquietud por un puesto en el Parlamento resulta, por decir lo menos, llamativa. Habrá que esperar a ver cómo viene la cosa, y qué propuestas de acción surgen de la “inquietud” social del señor Narea. Si es que las hay, claro.




LA VISIÓN PAÍS DE NAREA

Thursday, April 30, 2009

Es demasiado triste

... No, no sigue.

Las cosas que vienen pasando desde principios de año me han hecho desistir, al menos por ahora, de seguir contando la historia de lo más bonito que me ha pasado en la vida, que de lindo y triste tienen más o menos lo mismo.

Leí el libro de Narea en pdf. Lo leí con pena, incluso con una sensación de asco, de náusea. Tanta ambición, tanto rencor me causaron verdadera repulsión. No quiero entrar al tema -casi inevitable- del lío de faldas, sólo me gustaría indicar que algo que pasó hace tanto tiempo y que supuestamente está perdonado no debería haber sido relatado de esa manera, con tantos detalles que nadie quiere saber.

Luego, en la Cumbre del Rock Chileno, Narea se juntó con Tapia y tocan Lo estamos pasando muy bien y Quién Mató a Marilyn. Durante los días siguientes, aparecieron en los diarios, muy amiguis, diciendo que tienen proyectos juntos, entre los que destaca una gira y un disco. Lo más deprimente de todo esto es que, considerando que Miguel es el dueño del nombre del grupo, él y Claudito podrían irse a tocar por todo Chile llamándose Los Prisioneros. Con esto, el zombie de lo que alguna vez fueron los presos seguiría destrozando recuerdos bonitos, profitando del mito.

Creo que un grupo no muere cuando se disuelve, sobre todo si es un grupo como Los Prisioneros. Una banda tan revolucionaria, que fue y sigue siendo modelo de nuevas agrupaciones, que es fuente de inspiración, que ha sido tan, pero tan importante, no murió en 2005. En mi opinión, un grupo, aunque esté disuelto, sigue viviendo en los corazones de todos sus seguidores, en cada canción, en cada libro que se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre ellos, en cada recuerdo de conciertos multitudinarios. Sin embargo, siento que el libro de Narea terminó por matar al grupo. Eso, y no otra cosa, fue la estocada final.

Y no contento con terminar con la banda, con hacerla pedazos gracias a su libro, se pone a tocar con Miguel; esto es, mata al grupo y lo resucita en forma de zombie, que no es ni la sombra de lo que fue. ¿Que Narea es el alma del grupo? Por favor. Lo que en estos meses hemos podido ver es una banda de covers de Los Prisioneros, integrada por dos ex integrantes de Los Prisioneros. Es una banda sin corazón, sin nada que la sustente por dentro. Son puras versiones horriblemente mal cantadas, que rayan en lo patético, que dan pena.



We are sudamerican rockers / Tapia-Narea / Antofagasta / febrero 2009


Esa misma pena que me da ver algún video del Estadio Nacional: uno de los mejores días de mi vida, el de los recuerdos más bonitos, está ahora contaminado con tantas palabras, tantas declaraciones en los diarios, y sobre todo, por saber que lo que fue, no volverá a ser y, por si fuera poco, está siendo prostituido y profanado.

Las canciones siguen sonando, y los recuerdos siempre estarán. Para mí, Los Prisioneros fueron y serán lo más grande. Cada canción (todas hechas por Jorge, lo sabemos) forma parte de un legado único. Son demasiados sentimientos involucrados, como para olvidar todo tan fácilmente. No habrá otro grupo al que pueda adorar más, por eso es tan triste ver en lo que se ha convertido, que Jorge esté tan lejos y los otros dos se manden numeritos como a los que nos están acostumbrando.

Prefiero quedarme con la música, con lo increíble que es Jorge, y con los amigos que he ganado gracias a esta pasión en común. Y los recuerdos también, aunque a veces duelan tanto.

Saturday, February 14, 2009

Los Prisioneros y yo (parte 3)

III
2001



Pasé el verano del 2001 escuchando El Caset Pirata, aprendiéndome cada letra y sin cansarme de escucharlas una y otra vez, sin dejar de impresionarme -yo jamás había escuchado algo así- ni de sentirme feliz por los descubrimientos que estaba haciendo: me enfrenté a esa explosiva versión de Estrechez de Corazón y a ese "buenas noches" que antecedía a la canción más ruda, gritona, despechada y sincera que he escuchado jamás, así como escuché por primera vez las improvisaciones de Jorge en Sexo, cuando éste entrevista a Claudio preguntándole si se define un tipo impetuoso, salvaje o romántico; o cuando interroga a Miguel sobre el color de sus ojos o si es velludo. La música de Los Prisioneros me acompañaba y me hacía sonreír en un comienzo de año que -por lo menos en su primer mes- fue bastante infeliz.

En esos años, mi madre estaba inscrita en el Bibliometro, y siempre pedía prestados, para ella y para mí, un montón de libros. Siempre -y gracias a ella- me gustó leer, así que solía disfrutar mucho del beneficio de poder leer tanto. Cierto día, mi madre llegó con algo que, aunque ahora cueste decirlo, es preponderante dentro de esta historia: Corazones Rojos, biografía no autorizada de Los Prisioneros, escrita por Freddy Stock. Independiente de lo que en la actualidad piense de ese libro, en esos momentos me impresionó; debido a mi gusto por la lectura, siempre he considerado que los libros son sagrados, entonces, que se hubiera escrito uno sobre el grupo, significaba que eran realmente importantes. Ese es el razonamiento que a mis doce años, hice. Básico y todo, me parece prácticamente fundacional: recién yo estaba empezando a adentrarme en la discografía prisionera, y ahora podría conocer su historia.

No hay que ser un supergenio para constatar la falta de rigor periodístico y en sensacionalismo que caracteriza al primer libro que se escribió sobre Los Prisioneros. Pero, por deplorables que sean estas características, no todo es tan malo. Pudo ser peor, por lo menos para mí. Nunca, ni siquiera en ese momento, magnifiqué el famoso triángulo amoroso; mentiría si dijera que no me sorprendió enterarme de algo así llegar hacia ese punto de la historia (el capítulo llamado, simplemente, "Diez"), mas preferí privilegiar lo musical... que hay poco, pero hay. De ese libro, rescato principalmente los extractos de canciones, que, tomando en cuenta que yo me había embarcado en una búsqueda frenética de canciones y de todo lo que me ayudara a saber más y más de Los Prisioneros, me sirvió bastante. Me ayudó a reflexionar mucho sobre el grupo, a darme cuenta de su importancia, y debo decir que cuando terminé de leerlo, tenía una sensación distinta. Me di cuenta de que Los Prisioneros no eran cualquier banda; tenían una historia (sacando detallitos rosas, claro) increíble, tanto como su vocalista y líder. Ya no había vuelta atrás: estaba completamente cautivada con ellos.

El 2001 fue un año muy bueno, y fue determinante para mi vida; esto, claramente, debido en gran parte a la arrolladora llegada de Los Prisioneros. No es exagerado decir que en mi vida existe un antes y un después marcado por ellos: una parte importante de lo que en ese momento empecé a ser, e incluso soy ahora, se debe a haberme encontrado con esas canciones y esa actitud, con ese pensamiento que me identificó tanto y me demostró que muchas de las ideas que tenía, p.ej., la de la unidad de los países latinoamericanos, no eran sólo mías; yo no era la única disparatada que creía eso, sino que Jorge González también pensaba lo mismo, por algo lo cantaba en Latinoamérica es un pueblo al sur de EEUU, canción que durante mucho tiempo fue mi preferida.





A un par de cuadras de mi casa, donde en la actualidad hay un McDonald's, estaba Musimundo, tienda que durante ese año visité constantemente, sobre todo para comprar cassettes vírgenes donde habría de grabar los especiales de la FM Hit (esa era la época en la que hicieron un par sobre Los Prisioneros, y gracias a eso conocí canciones como Amiga Mía, y me enamoré por completo) o las canciones que tocaban en Cuerdas Locales, el emblemático programa conducido por Paula Hinojosa, que fue tan importante para la gente de mi edad, los que todavía recordamos con mucho cariño ese programa que escuchábamos y grabábamos sagradamente, ya que constituía un aporte único y gigantesco a nuestra cultura musical. Me encantaba ir a Musimundo y mirar los discos, e imaginar que en un futuro cercano, podría tener todos los que quería, si es que, como mi madre había prometido, obtenía buenas notas. Esa práctica se mantuvo por muchos años; tal vez es por eso que acostumbraba a estar entre los mejores promedios de mi curso, porque sabía que ese esfuerzo académico se vería recompensado con un nuevo cd. Uno de los primeros discos que inauguró esta "tradición" fue, obviamente, un disco de Los Prisioneros: Corazones. Todavía me acuerdo del día en que fui con mi madre, que venía llegando del trabajo. Ya estaba oscuro, pero en esa tienda blanca, todo era luminoso y bonito. Ahí estaba, ¡y era mío! De sólo recordarlo, vuelvo a sentir la alegría de esa oportunidad, de ver a mi madre sonriendo con mi alegría, la boleta en mis manos y la sensación incomparable de abrir por primera vez esa caja, ver el arte, y, claramente, ponerlo en la radio -esa radio en forma de submarino amarillo que me regaló mi madre cuando cumplí doce años- por primera vez. Era un momento emblemático, por lo que, aunque me moría de ganas por saltarme al track 2 (Amiga mía), decidí dejarlo correr, sin dejar de escuchar ninguna canción. Corazones sigue siendo, todavía, mi disco más amado de la discografía de Los Prisioneros. Aunque no hay ninguno que no me guste, Corazones siempre tendrá un lugar de honor dentro de mí. El año pasado, cuando tuve la felicidad de conocer a Jorge, le pedí que me lo firmara. Ahí sí que el disco adquirió otro estatuto, y lo quise con más razón, ya que ya no se trataba sólo del disco que escuchaba una y otra, y otra vez, y que hasta mi madre terminó por memorizar. Ahora estaba autografiado por su creador, quien también lo declara su preferido.




Durante aquel año, la música de Los Prisioneros me ayudó a construir amistades que todavía mantengo, como la que tengo con la querida Fran Ferro. Nos gustaba cantar los temas prisioneros en clases, hablar de las letras o de la historia del grupo. Años después, fuimos juntas a un par de conciertos de nuestra amada banda. A esas alturas -mediados de año- yo conocía muchas canciones, me sabía las letras, las cantaba y las adoraba como jamás he vuelto a adorar la lírica de otra agrupación. Sin embargo, y conforme mi amor prisionero iba creciendo, también aumentaba la tristeza que me producía el que estuvieran separados: ¡tenía tantas ganas de verlos tocar alguna vez! No me bastaba con escuchar El Caset Pirata, yo quería verlos sobre un escenario. Odiaba haber nacido en 1989, año del principio del fin del grupo; solía reclamarle a mi madre no ser admiradora de Los Prisioneros, ya que de ser así, tendría por lo menos el consuelo de que ella me contara cómo eran esos conciertos de juventud, o podría haberme heredado el amor hacia la banda. A mis cortos doce años, sentía que había perdido demasiado tiempo, que habían sido muchos años sin conocerlos. En esos momentos, sólo podía escuchar las canciones y buscar recortes de prensa donde salieran ellos. Nada más.

Pero mis lamentos no duraron mucho. El 6 de septiembre, La Tercera publicó una noticia que me hizo, literalmente, saltar de alegría. El titular contaba que, por primera vez en doce años (¡los años que yo tenía!), Los Prisioneros grabaron una canción: Las sierras eléctricas, cuyo estreno, por supuesto, escuché y grabé en mi programa radial favorito: Cuerdas Locales. A esa noticia maravillosa siguió otra mucho, muchísimo mejor: mis amados Prisioneros, a quienes había jurado amor eterno, invariable, y a todo color, se reunirían a fin de año, para hacer un gran concierto en el Estadio Nacional.





PIDO DISCULPAS; YOUTUBE NO ME PERMITIÓ ALGO MEJOR



(sí, sigue...)

Sunday, February 01, 2009

Los Prisioneros y yo (parte 2)

II
Hallazgo feliz


En el 2000, año en que yo cursaba sexto básico, se produjo el hallazgo feliz. Son varios pequeños sucesos, que casi podrían considerarse como detalles dentro del espectro de la vida entera, pero que sin duda, son cruciales.

Yo tenía una compañera de curso llamada Sliberth. Ella tenía el Grandes Éxitos (1991), y cierto día - no sé por qué- lo llevó al colegio. No recuerdo cómo, pero se lo pedí para mirarlo. Por mucho rato me entretuve viendo las fotos, las que, por supuesto, me parecieron preciosas. Recuerdo sobre todo la foto de Cecilia Aguayo; siempre la encontré demasiado bonita. Sin embargo, lo más importante de este hecho fue que constituye mi primer acercamiento a las letras prisioneras. Estoy segura de que las leí todas, pero tendo el recuerdo de haberme sentido particularmente atraída por la de La voz de los '80 y El Baile de los que Sobran. Me gustaron tanto que las copié, junto con Sexo, en un cuaderno donde escribía las cosas que para mí eran importantes.




Otra amiga, Daniela Jara, llevó un cassette de
Ni por la Razón, Ni por la Fuerza. Lo reconocí inmediatamente como el álbum de la foto que había visto unos años antes. Así que se trataba de un grupo musical, Los Prisioneros, y sus integrantes no se llamaban José Miguel, Manuel y Bernardo, sino que eran Claudio, Miguel y Jorge. Me daba cuenta de que lo que para mí era tan nuevo, para otras compañeras de colegio era algo más que conocido. Me contaban cómo crecieron escuchando esas canciones que yo recién empezaba a descubrir. No me detuve a preguntarme por qué mi madre jamás me había hablado de la existencia de ese grupo, o por qué en mi casa nunca sonaron los temas prisioneros. No quise quedarme atrás, y me propuse averiguar todo lo que pudiera sobre ellos y su música.

Era una tarea difícil. Como ya he dicho, en mi casa jamás se había pronunciado el nombre de Los Prisioneros. No había discos, nunca había sonado una canción suya en alguna radio de mi hogar. Sin embargo, justo se dio la coincidencia que, junto con mi determinación de ampliar mis conocimientos en relación a Los Prisioneros, salió publicado el disco Tributo. El primer single fue Mentalidad Televisiva en versión de Canal Magdalena, el cual sonó mucho en las radios. Se acercaba Navidad, y yo, que rara vez pedía algo, esa vez pedí ese disco como regalo. Poco después, fue publicado El Caset Pirata, compilado de canciones en vivo. Todavía recuerdo que mi madre me dijo: "¿y no vas a querer El Caset...? Mejor ese que el Tributo, porque ahí cantan ellos". No muy convencida, acepté. "Bueno, entonces cómprame ese", le contesté.

















Esa Navidad fue increíble. Después de la cena y una conversación de esas increíbles e inolvidables, llegó el momento de abrir los regalos. Recibí unos lentes de sol, otras tantas cosas que no recuerdo, y lo mejor de todo: E
l Caset Pirata. No pude aguantarme, y lo puse de inmediato. Empezaron los acordes de La Voz de los '80, y yo, al escucharlos, me di cuenta de que esa era la canción que mi compañera cantaba en el baño del colegio. ¡Eran Los Prisioneros!

Al llegar al track 7,
Estrechez de Corazón, casi me fui de espaldas. En algún momento de mi vida había escuchado el "oooohh, tu corazón", pero constatar que era una canción de Los Prisioneros no hizo otra cosa que sorprenderme. ¡Esa canción que me encantaba era de ellos! No dejaba de parecerme sorprendente que dos canciones de sonido tan diferente fueran de la misma banda; eso es algo que durante un tiempo no logré explicarme. Sin embargo, lecturas posteriores me dieron las respuestas.

Esa Navidad fue la mejor de mi vida. Con mi disco nuevo como compañía, el año no pudo terminar mejor.






Esta es la versión que aparece en El Caset Pirata

Tuesday, January 27, 2009

Los Prisioneros y yo (parte 1)

I
Infancia

Los Prisioneros están ligados a mis primeros recuerdos de niñez. No diré que el recuerdo más antiguo que tengo tiene relación con mi amada banda, pero sí es uno de los más viejitos. En mi casa jamás hubo discos de Los Prisioneros; éstos llegaron a mi hogar cuando yo los conocí y les declaré mi amor eterno, invariable y a todo color. Mi familia no los quiere; mejor dicho, no quieren a Jorge González. Les cae mal. No lo encuentran talentoso, ídolo ni bacán. Yo, en cambio, no imagino mi vida sin escuchar o pensar en esas canciones, que me han acompañado durante tantos años y siguen haciéndolo, porque inevitablemente se ligan a mi paso por este mundo. Al país, a la gallada también, claro está, pero a mí me han llegado con una fuerza tal que jamás otro grupo ha podido igualar el impacto que en mí han producido y seguirán produciendo esas canciones, esa estética, esa actitud, esa historia.

Era 1992, yo tenía tres años y en las mañanas, veía el videoclip de Tren al sur en esa tele que trajo mi tata de Panamá, esa misma que fue una de las primeras en llegar al barrio, y según me cuentan, era la envidia de los vecinos. Incluso hoy puedo recordar la sensación de alegría al ver ese video: el tren en marcha, la laguna, los patos, y claramente, la canción. La hermosa canción, que no sé si en esos años cantaba, pero de escucharla tantas veces, logré identificar y disfrutar.





En 1996, a mis siete años, una imagen que no se parecía a nada de lo que hubiera visto antes captó mi atención: las fotos de tres tipos personificando a los próceres patrios que me nombraban en el colegio, pero con una pequeña variación: José Miguel Narea, Manuel Tapia... Bernardo González? Y esos, quiénes eran? Con letras más grandes, decía: LOS PRISIONEROS.
Era, claramente, la foto de Ni por la Razón, Ni por la Fuerza.
De esa manera me enteré de la existencia de tres tipos, que eran Los Prisioneros. Yo no sabía qué eran. No se me pasó por la cabeza que fueran un grupo musical. Podrían ser cualquier cosa, qué iba a saber yo, si sólo vi esa foto y me sentí atraida por ella. Ese suceso no me pareció importante, pero jamás se borró de mi mente. Ahora valoro que no lo haya hecho.

Lo que caracteriza mi infancia, en relación a Los Prisioneros, son estos hechos que acabo de contar. Sucesos pequeños, aparentemente intrascendentes, que fueron poniéndome al tanto de la existencia del grupo que, pocos años después, conocería y amaría como nunca he vuelto a amar a otro. Cuando en 1999, yo estaba en quinto básico, escuchaba a una amiga cantar en la sala de clases ya viene la fuerza, la voz de los '80..., y me quedaba con esa melodía grabada, pero no tenía idea de nada, no sabía que esos eran los tipos de la foto que había visto tiempo atrás. Al año siguiente, y eso por supuesto que yo aún no lo sabía, el encuentro sería directo, consciente y frontal.



(sí, continuará)

Tuesday, January 06, 2009

Un cabro llamado Matías

Hace un año y tres días atrás, yo no sabía que en el mundo habitaba un tal Matías Catrileo, que tenía 22 años, estudiaba en Temuco y luchaba por las reivindicaciones del pueblo Mapuche. Ese 3 de enero 2008 yo, teniendo aún 18 años, vine a enterarme de su existencia con la gentileza del fascismo. La tele y los diarios me pusieron al tanto del asesinato de este cabro a manos de los pacos. Sí, de nuevo. Los pacos culiaos se habían anotado una nueva víctima, un nuevo nombre a la lista de abusos.

Durante los días que siguieron, La Moneda y la Plaza Italia fueron cercadas por las tortugas ninja; los energúmenos de verde dispuestos a impedir cualquier manifestación y castigar como fuera a quien osara protestar por la muerte de Matías. Yo pasaba por ahí y de verdad me sentía mal. Como dije, antes del 3 de enero yo no tenía idea de Matías, pero después de esa fecha, ver las noticias se hacía cada vez más terrible. Él era un cabro como cualquiera de nosotros, pero a la vez, distinto a una mayoría importante. Sólo tenía 22 años, tenía un apellido mapuche que no lo avergonzaba; al contrario, era su máximo orgullo, y fue precisamente la cuestión de su nombre la que lo llevó a apoyar la causa mapuche. Mejor dicho, abrazarla. Luchar con todo lo que tenía a su alcance, llegando incluso a dar la vida.


Datos como los que mencioné deben ser los que en ese momento me tocaron tanto, e inclusive hoy, siguen haciendo que lamente el asesinato de un cabro al que no conocí, ni supe de él mientras estuvo vivo. Precisamente por eso: porque fue un asesinato, por la crueldad del hecho, porque quedó impune. Es sabido que en este país, la muerte de un paco es motivo de conmoción nacional (o no, Bernales?): todos andan histéricos, todos lo lamentan, todos se vuelven locos. Pero cuando un paco le pega o mata a un cabro de nuestra edad, un cabro que se rebela contra la injusticia imperante, queda como héroe, y esa imagen es legitimada desde las grandes cúpulas de nuestra sociedad, e incluso por la gente común y corriente: no debe sorprendernos que nuestros familiares o vecinos encuentren que un paco que asesina está cumpliendo con su deber. Claro, ellos se tragaron el cuento del terrorismo, sin detenerse a pensar ni por un segundo, para darse cuenta de que lo que unos llaman terrorismo, no es otra cosa que resistencia.

Yo también quisiera luchar más de lo que creo, hago o intento hacer. También me hubiese gustado tener un apellido mapuche, o en su defecto, llamarme Melipal o Millaray. Pero no tengo nada de eso, sólo la fuerza y las ganas que nacen de la observación de la realidad inmediata y del asco que me da esta "democracia". Y, por supuesto, la pena por Matías. Porque era tan joven, porque creía en algo y se la estaba jugando por eso.

Él, como tantos otros, no se tenía que morir. No así.



Tuesday, December 30, 2008

Esto no es un balance del 2008

Prefiero ver A shot at Love with Tila Tequila, comer plátano y terminar de hacer la guirnalda. ¿Un balance, para qué? ¿Hay algo que decir sobre este año que - gracias... GRACIAS!- ya se va?

Este año fue raro. Es como si cada semestre hubiera sido un año distinto. En algún momento, se me desordenó y se fue haciendo cada vez más difícil. Todos los días eran terribles; a veces ni siquiera porque eran malos, sino por lo raros, porque pasaban tantas cosas pero no eran lo que yo quería ni como yo las quería. Ni de cerca. Todo fue perfectible, y de resultar, resultaba... sólo que no me traía beneficio alguno.

Durante este año me tocó perder como nunca. No entraré en detalles: con la palabra PAN, basta y sobra. Claramente, no fue lo único, pero ya no quiero hablar de las otras cosas. En todos los casos, y sobre todo ahora último, no quise ser la madura de siempre, la que entiende, la que pierde bien, pone la otra mejilla, sonríe, sigue adelante como si nada. No esta vez. Hasta cuándo; por qué siempre hay que ser tan correcta y ordenada (esa es harina de otro costal; dará para hablarlo en un próximo capítulo). La cuestión es que me enojé. Dejé de hablar, e incluso, mirar, al/los culpable/s de mi desgracia. Lloré. Mucho, y así y todo no fue suficiente. No entendía nada, lo pasaba mal por eso y pensaba mucho en las posibles respuestas a mis interrogantes. Eso, de todas maneras, es común en mí: si no me preguntara el porqué de todo, no sería yo.

Dije que esto no sería un balance. Nada de contarles más detalles de mis desventuras. No todo fue eso, obviamente. Sí hubo muchas cosas buenas: gente nueva y gente más cercana, proyectos, más independencia, menos miedo, mucha más seguridad. Ahora confío un poco más en mí.

Y ahora viene la parte de los deseos. Lo típico: seguir creciendo, ser feliz, mantener mis buenas notas, un chiquillo que me quiera y a quien yo pueda querer. Por qué no (¿o es que no lo merezco?). Y otros que me reservo, porque son para el futuro. Sí, el futuro, uno más lejano. Ese que me importa tan poco, y que a veces me cae tan mal.

Tuesday, October 28, 2008

La Culpa

El bacán, seco e ídolo de Kant decía, entre muchas otras cosas, que los hombres son los únicos causantes de sus desdichas, y que no deben culpar a la providencia de lo malo que les pasa, ya que ésta no tiene culpa alguna. También, siempre he escuchado que dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos.

No recuerdo por qué comencé así, ni con qué quería vincular esto. Sólo sé que estoy escribiendo mega rápido, que es mega tarde y que el cabrón ensayo del bacán Arancibia AÚN no está terminado. Sí, lo que quería decir con respecto a esto es que, conociéndome, me quejaré y me lamentaré de estar levantada a esta hora, de las MEDIAS ojeras que me he ganado, y de todo lo malo que me pasa. Pero Emmanuel (Kant, claro) tiene razón; todo es mi culpa.

Todo.
Todo.
Todo.

Con lo que me cuesta ser optimista, quiero y necesito creer que "aún tenemos patria".
Seguiré intentando. Mucha gente que conozco es lo más perseverante del mundo... por qué yo no puedo serlo?

Sí, cuesta.
Lo peor, lejos, es constatar que, teniéndolo todo a mi favor, no puedo alcanzarlo.
Por qué tiene que costarme tanto, pero tanto?



Saturday, August 23, 2008

Frío Crónico

Odio el invierno.
Sí, soy una más dentro de ese club. No sé si decirle "club de resentidos", tal vez sea así, no sé. Yo ya me he asumido así, pero eso ahora no importa.
Quiero hablar de esa temporada dramática dentro de mi existencia que empieza el 21 de Junio y sólo en Septiempre hace el favor de terminarse. El Invierno.


En invierno, el frío crónico se agudiza. Esconderlo es más difícil que nunca; ya no sólo es el hielo que tengo adentro, sino que éste también está en el aire, en todas partes. Hay que luchar contra él por partida doble; esto pasa todos los años y todavía no aprendo a hacerlo. Como sea, maltrecha y nunca bien parada, sobrevivo.


Con tanto frío, no tengo ganas de nada. No puedo estudiar porque temblar me desconcentra. No tengo ganas de hacer nada, ni de moverme, ni de salir, ni de hablar o estar, ni de vivir. Sólo ganas de que se termine luego para que, por lo menos, el frío sea sólo interior, y pueda esconderlo y olvidarlo un poco durante las temporadas estivales, donde el sol ayuda a que sea más fácil ignorarlo. Mientras tanto, tendré que seguir fingiendo que estoy muy bien o que no me importa; tendré que seguir participando, como si la vida fuera un continuo concurso donde cada temporada es sinónimo de experimentar con la suerte, de jugar y ver si en una de esas saco el cupón ganador.


Mientras tanto, queda bancársela, y seguir odiando esta estación espantosa que me tiene inmovilizada y esperando.


Lo bueno -porque, aunque usted no lo crea, lo hay- es que tiene sus días contados. Le queda un mes.

Friday, August 01, 2008

De acuerdo, seré periodista.

A estas alturas del partido, para muy poca gente es un misterio que pretendo abandonar mi carrera – Cine y TV, por si ud. no lo sabe- para cambiarme a otra.

Sí, señores. Me voy a Periodismo.

Desde abril, mes en que tomé esta decisión, he tenido que dar muchas explicaciones a todo aquel que quiera saber el porqué de mi determinación. Claro, debe causarles curiosidad: se suponía que yo estaba feliz y plena con lo que estaba estudiando, que es lo que quería para mi vida, que tenía buenas notas, que mis colaboraciones con Mano de Obra films me motivaban aún más a seguir. Pero resulta que no. O quizás sí, todo lo que mencioné era así, pero no lo suficiente como para satisfacerme mínimamente, y mucho menos, hacerme feliz. Mi brillante plan era terminar de estudiar cine y, gracias a múltiples convalidaciones, estudiar periodismo. Excelente idea, salvo por un pequeño detallito: hace un tiempo (remontémonos al año pasado), comencé a sentirme incapaz de soportar los cuatro años de cine que me quedaban. Sí, dije SOPORTAR. En ese momento intenté tranquilizarme pensando que sería una crisis pasajera, mas este año las inquietudes volvieron, y me di cuenta de que si uno usa el término SOPORTAR o RESISTIR para hablar de la carrera que está estudiando, algo va mal. No hay signo más evidente. Hasta que un día me cansé de fingir (sí, me di cuenta que es lo que había estado haciendo) y decidí hablar con quien tuviera que hablar y hacer lo que fuera necesario para salirme y estudiar lo que descubrí que es lo mío: Periodismo.

Por supuesto que no es fácil: la presión es demasiada, eso de tener que demostrar constantemente cuán "feliz" estaba se me hacía insoportable. Y no sólo es difícil por eso, sino por todo un cuento que se remonta al pasado, a todo lo segura que supuestamente siempre fui, a siempre haber sido niña modelo, con buenas notas y un esplendoroso porvenir; y en el presente, tener que dar tantas explicaciones de por qué el cambio (vuelvo al supuesto de que yo estaba feliz en Cine y no necesitaba nada más), por qué no lo hice antes, y sobre todo, verme obligada a admitir que me equivoqué. Sí: yo, la estudiante perfecta, no supe escoger bien.

No se trata de que no me guste mi carrera. Siempre maldigo tanto Taller que es la impresión que puede dar, mas no es tan así. Me gusta Cine, pero también me gusta Periodismo. Sin embargo, llegó un momento en que tuve que comenzar a hilar más fino, para descubrir qué es lo que me gusta más, y al final, ser capaz de hacer una diferencia entre lo que me gusta y lo que amo.

Es un tanto difícil de explicar. Podría decir que mi relación con mi carrera es como una relación amorosa que se enfrió. Y en medio de esta crisis, gracias a mi amigo Bello Público, conocí a alguien más, alguien que me entregaba todo lo que mi carrera ya no sabía darme. Así las cosas, decidí divorciarme del cine y empezar a planear mi fuga junto a periodismo. Mi verdadero amor. Lo que quiero hacer para siempre.


Nadie más que yo lamenta haberme decidido tan tarde. He llegado a pensar que nunca me perdonaré por ello. Mas estoy tranquila, porque sé que aún es tiempo de reivindicarme. Entré a cine con la única claridad de que me gusta escribir – es algo que siempre he amado, lo único y mejor que sé hacer-, pero me di cuenta de que en esa carrera no podría desarrollar esta habilidad tanto como quisiera. Esto, sumado a otras frustraciones y descubrimientos, me tienen escribiendo lo que leen.

Friday, June 06, 2008

No necesito pensar

Me basta sentir un golpe en la sangre para vivir.


Yo siempre vuelvo al mismo punto. Si mi vida es lineal, podría hablar de continuos retrocesos. Pero acostumbro a pensar que todo es un gran círculo vicioso, donde los errores (no así los aciertos) se repiten una y otra vez, y aún siendo conciente de ellos y jurándome que no volveré a caer, soy dominada por un ansia, una angustia, un estrés terrible y la presión de no volver a equivocarme para no morir de dolor, que termino echándolo todo a perder. De nuevo, y peor que antes.


Pero no todo es culpa mía.
Dicen Los Updates: la gente al final va a hablar igual, mezclando la basura y las cosas bonitas. La culpa es de todos. Más mía que de nadie, pero no me pertenece por completo.

Ya he escrito muchas entradas en este blog preguntándome por qué misteriosas razones, mi vida falla justo en el último momento. Por qué todo es a medias y nada se concreta, hasta cuándo seguirá todo esto, esta confusión, este nudo en la garganta y ese temblor en la voz, esas ganas terribles de querer decirlo todo pero simplemente no poder. Por miedo, por vergüenza, por insistir en hacerme la fuerte, por no soportar un error más. No es solo el amor, me refiero a absolutamente todo. A mi vida completa. A que todo, pero todo, es un gran error que, aunque quiero, no sé cómo arreglar. Ni con muchos y buenos amigos que me den fuerzas, ni con aparentes e intrascendentes éxitos. Insatisfacción, nada que me llene o enorgullezca, nada que me haga tener ganas de vivir. Porque al fin y al cabo, no he logrado nada. Con nada; no tengo la solución, ni un borrador de respuesta.

Estoy en un momento en que no tengo nada.